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Plzen

Además de la mudanza de blog, ha habido otra razón por la que la semana pasada estuve desaparecido. He estado en la República Checa para asistir a las conferencias del Winter School of Computer Graphics y presentar mi último artículo.

Cuestión de orientación

Salí el lunes día 30 del aeropuerto de Barcelona hacia el de Praga, y una vez en Praga, tomé el autobús hasta el metro, y después a la estación de trenes, donde tomaría el primer tren que me llevara a Plzen. Yo tenía la información de la web de trenes, donde parece claro que tenía que llegar a la estación Praga hl. n.. Recordaba haber llegado a la estación Nádrazí Holesovice cuando fui de Budapest a Praga en junio pasado. Así que sin duda, para allí me dirijo. Llego a tiempo para el próximo tren que va a salir en cinco minutos para Plzen, estoy de suerte, sólo falta que no haya cola en la taquilla. Bien, no hay nadie. Pero la señora taquillera dice que nanai, que el tren sí sale en (ahora) tres minutos, pero desde la estación Hlavní nádrazí (¡claro! ¡cómo no había caído! GRMPF). Está sólo a dos paradas de metro, pero por supuesto no llego y el próximo tren directo es al cabo de una hora. Me explican, no obstante, que hay otra opción, que incluye un transbordo en el pueblo de Beroun, y que sale en diez minutos. Como prefiero estar en un tren que en la estación, me aferro a esta opción. Dentro del tren me doy cuenta que hay sólo cinco minutos entre que mi tren llega a Beroun hasta que sale el tren a Plzen y ya sufro por posibles retrasos. Llego a Beroun con tres minutos de retraso y al salir del tren observo que hay uno a punto de salir justo en la vía de enfrente. Como toda la gente se mete, no dudo y me meto yo. Inmediatamente sale, pero hay algo raro ¡se va hacia el lado contrario! ¡estoy volviendo en dirección a Praga! Y en ese momento veo que en la vía uno un tren sale en la dirección correcta…

Los checos deben tener la costubre de ignorar a quien no entienden y las dos o tres personas a quienes pregunté hacia dónde iba, ni me respondieron ni me miraron, hasta que di con una señora que se puso con toda parsimonia sus gafas de leer mientras yo intentaba enseñarle mi billete de tren. Sólo entendí “no no, Plzen no” y el nombre de un pueblo que sonaba a Rázinizní. En menos de tres minutos paramos en una estación en medio de la nada y me bajé. Entonces me di cuenta que ya era noche oscura, y fría, muy fría.

Había una jefa de estación que me indicó muy amablemente que el próximo tren a Beroun era a las 19h07, y que el próximo de Beroun a Plzen era a las 18h56. Estuve tentado de preguntarle si en la estación de Beroun había una máquina del tiempo que funcionara a monedas, que 11 minutos hacia el pasado no debía ser muy caro, pero me imaginé la respuesta.

- ¿Y cuánto hay caminando? - Le dije.

- Unos 20 minutos, pero no sabes el camino. - Eran las 18h35, si corria un poco…

- (Pensé: Gracias por los ánimos) Pero sólo he de seguir la vía ¿no?

- Vaya con cuidado.

Entendí su última frase cuando a los doscientos metros ya iba yo con las manos congeladas, la bolsa y el ordenador me dejaban los hombros a la altura de la cadera, en los estrechos márgenes de las vías de tren había una espesa capa de hielo eterno, y para colmo estos márgenes desaparecían al entrar las vías sobre un puente metálico que cruzaba un río que se me parecía el Mississippi a la altura de Nueva Orleans. Me salí de la vía, no fuera a ser que el tren de las 19h07 se adelantara 25 minutos y me afeitara los huevos. Encontré el siguiente puente para peatones después de caminar 15 minutos a la orillita del río, con lo que tardé otros 15 en encontrar de nuevo la vía, y la estación de Beroun, que curiosamente estaba nada más cruzar el río. Hacía rato que había desistido de coger el tren de las 18h56, y esperé en una estación desértica y fantasmal hasta las 19h56. Llegué sobre las nueve y cuarto a Plzen, muerto de hambre, frío y cansancio, pero pasé de cenar. Al día siguiente me esperaba un buffet libre de desayuno del que no dejaría ni las migas.

Habitación

Las conferencias

De martes a jueves fueron las presentaciones y a mí me tocó el miércoles por la mañana. Lo de siempre, aburrimiento, cafés, pastitas y algo de sociabilidad, especialmente con los húngaros que ya conocía de cuando estuve en Budapest este verano.

Nieve

El jueves por la tarde eran los “social events”. Primero fuimos al museo de la cerveza de Plzen, propiedad de Pilsner Urquell, la cervecera más famosa del país. Después subimos a la torre de la catedral, más de 300 escalones de madera absolutamente anárquicos para obtener una bonita y congelada vista de la ciudad.

Museo de la cerveza

Catedral de Plzen

Torre de la catedral de Plzen

La fábrica de la Pilsner Urquell

La cena de gala de la conferencia no estuvo mal. Siempre es curioso compartir mesa con una china, un alemán, un portugués y dos húngaros, donde se acaba siempre hablando de los Sanfermines. Luego hubo una especie de tómbola con regalos para todos donde cada uno que salía, elegía regalo y sacaba el siguiente número. A mí me tocó salir el cuarto, pero extrañamente los tres primeros habían elegido dos camisetas y una gorra. Cuando yo llegué a las mesa de regalos vi tres videojuegos, una enciclopedia Encarta y un Microsoft Windows Home Edition, además de las camisetas, las gorras y unas cuantas pelotitas de goma. Me reí por dentro de los otros y me pillé el Rise of Nations. Es igualito que el Age of Empires, pero estos juegos me encantan. Después de unos quince regalos más, y viendo que se hacía aburrido, una australiana tuvo la brillante idea de hacer cantar o contar un chiste a quien saliera. Desde ese momento hubo pocos que se vendieran por una camiseta y la mayoría de números quedaron huérfanos y abandonados en oscuros bolsillos sudados. Lógico, era una conferencia de friquis informáticos, no de aspirantes a operación triunfo. Yo me salvé de cantar y cuando la cosa declinaba me subí a la habitación a ejercer de Alejandro Magno y conquistar el mundo. Tardé como tres horas en agenciarme Grecia, y decidí ir a dormir antes de emprenderla con Persia e Italia, que en el mundo real me esperaba al día siguiente un regreso a Praga en tren y luego a casita en avión.

Tranvía y sinagoga

Río helado

Yo helado

Estación

No pasó nada especial el viernes, me sobraron un par de horas que las usé para pasear, comer y comprar regalos en Praga. Eso sí, me di cuenta que ahora sí, de verdad me estoy haciendo mayor. Nunca he tenido buena memoria, pero tenía claro que una de mis capacidades era la orientación. Después de mi paseo praguense fui incapaz de encontrar de nuevo la estación central donde había dejado las bolsas en consigna. Había previsto una hora y media de margen para ir hacia el aeropuerto, y cuando había perdido una hora vagando, decidí meterme en la primera estación de metro que viera, que al menos sabría llegar en un transporte bien señalizado diferente de la absoluta descoordinación entre mis pies y mi cabeza.

Pie

NOTA: Este post está incompleto. Faltan las fotos, vuelva usted más tarde.
Actualización (15h15): Fotos puestas.

3 comentaris a “Plzen”

  1. Uruloki
    Dimarts, 7 de Febrer del 2006 a les 14h15
    1

    Yo hago eso y me muero… ya veo el titular “Compostelano fallece en estación de metro de Rázinizní o como se diga”. Y completaría diciendo “No fue el primero ni será el último”… Nashledanou Txapulín!

  2. Galderic
    Dimarts, 7 de Febrer del 2006 a les 15h53
    2

    Genial. Las estaciones de tren desérticas, por la noche, en un país desconocido, me dan pánico. Lo que has escrito, lo he vivido, pero no recuerdo ni cuando ni dónde. Probablemente lo encerré en un rinconcito de mi memoria, con puerta de acero y candado, y ahora se llama trauma.

  3. mikel
    Dimecres, 8 de Febrer del 2006 a les 7h51
    3

    Un poco mas y le das argumento a Eli Roth para rodar Hostel 2 jujsauasjuasjuas

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